viernes, octubre 20, 2006

(11) Historias de la guerra

Especificaciones:
Un personaje le cuenta a otro una escena de la guerra civil, pero se supone que ambas comparten el conocimiento del entorno. El relato, por lo tanto, debe dar la impresión de que el diálogo transcurre sin tener en cuenta la ignorancia del lector. Esta técnica narrativa, ayuda a darle mayor realismo al relato, pero es sólo una estrategia y es necesario asegurarse de que los datos que se suponen compartidos por los personajes, no sean relevantes para la comprensión de la historia por parte del lector.

Tú habías ido con la abuela y por eso te libraste. Yo estaba en el patio, sacando unos cubos del pozo cuando me entraron los cuatro por la puerta falsa. Me costó conocerlos de lo serios que venían: el Centellas de cabecilla, Miracielos, el botijero y el pastor de los Robledo cerrando la comitiva.
-Zagal –me dice el Centellas atusándose el bigote- ve y dile a tu padre que venimos a verle de parte del comité y que no se le ocurra escapar, que hemos puesto un miliciano apostado en la esquina.
Me quedé de piedra -imagínate- sin llegar a saber si iban de veras o era una de las bromas pesadas del Centellas pero, que va, me di cuenta de que iban en serio porque al mirarlos a los ojos echaban la vista al suelo.
Corrí a la barbería y le conté a padre con voz entrecortada que en el patio estaba el Centellas con tres más para llevárselo. No se inmutó y por un momento creí que no me había entendido, pero sí, debió entenderme porque empezó a recoger las herramientas, las limpió y las guardó en el aparador como hacia todos los días al terminar el trabajo. El Contreras, que estaba a medio pelar, se levantó de un salto al oírme y salió a la carrera con el babero puesto. No tuvo valor ni para despedirse.
Cuando llegamos al patio, padre se paró delante del Centellas que al verlo venir se había metido los pulgares en la correa y había comenzado a hablar:
-Ya lo ves Antonio, somos tus amigos, ya lo sabes, pero el deber…
-Si, ya sé que estás arreglando cuentas con los amigos, ahora que eres del comité -le cortó padre- Pues vayámonos ya, que para este viaje no necesito alforjas y es de mala educación hacer esperar a los amigos.
Sin mediar más palabras, los cuatro rodearon a padre y salieron por la puerta de atrás hacia el corralón del cementerio, marcando el paso, ahora creo que para que todos vieran que cumplían órdenes, que iban en misión oficial. Los seguí por las esquinas y pude verlo todo.
Al llegar a la altura del pilón, se tropezaron con el capitán Ugarte, el hijo del Florencio, que venía de revistar las tropas acantonadas en la laguna y nada más verlos paró el caballo.
-¿Se puede saber a dónde lleváis al barbero? -les dijo dirigiéndose directamente al Centellas desde lo alto de la montura.
-El Centellas volvió a meter los pulgares en la correa y estiró el cuello todo lo que pudo para no parecer tan bajo.
-El barbero ha sido juzgado y declarado culpable por el comité del pueblo y nosotros sólo cumplimos órdenes. Lo llevamos al corralón del cementerio.
-¿Y se puede saber los cargos? -volvió a preguntar el capitán Ugarte mientras desmontaba y se dirigía directamente al Centellas.
-Se le acusa de fascista, enemigo del pueblo y capitalista -dijo el Centellas.
-Pero, ¿qué coño estás diciendo Centellas?, ¿es que os habéis vuelto locos con el olor a sangre que baja por el río? –le replicó el capitán. -Conozco al barbero desde que yo era un niño y siempre lo he visto trabajando de sol a sol para mantener a su familia. ¿A eso lo llamas tú ser un capitalista?
-No te quito la razón, camarada, -admitió el Centellas intentando mantener el tipo- pero es el propietario de su casa y ni yo ni estos tenemos casa propia. Si ha podido comprar su casa ha sido porque nos ha estado explotando a todos y a eso le llamo yo capitalismo.
-La propiedad privada se sustenta en la explotación de los demás ¿no es así camaradas? -preguntó en voz alta, pero nadie respondió-. Entonces se dio cuenta de que los demás habían reculado hasta apiñarse detrás de padre y que lo habían dejado solo.
-Mira Centellas, me estas hinchando las pelotas- le gritó el capitán a un palmo de la cara, que se le había puesto colorada como un tomate- si tú no has podido comprar tu casa es porque eres un putero borrachín y te has tirado el dinero en mujerzuelas, en francachelas y en el bacará.
-El poder del comité popular está por encima del ejército y… -replicó el Centellas con la voz estrangulada por el pánico.
En esto que el capitán Ugarte echa mano a la pistola que llevaba al cinto y se la pone al Centellas en la cabeza.
-A ver si así lo entiendes cabeza de aserrín -le gritó en el oído-. Como alguien toque al barbero, y eso va por los cuatro, te vuelo la tapa de los sesos a ti y a vosotros tres, como que soy el capitán Velarde.
Centellas palideció de golpe y todos pudimos ver que se estaba meando en los pantalones.
Entonces el capitán, que debió darse cuenta, le apuntó a la entrepierna y le dijo:
-Menudo maricón estás hecho tú Centellas, te estás meando como un niño y quieres juzgar a un hombre honrado y trabajador al que no le llegas a las suelas de los zapatos. -Y conforme decía eso, empezó a reírse a carcajadas en su cara y los otros, que estaban más acojonados que Centellas si cabe, aprovecharon para unirse al capitán Velarde y reírse también del pobre diablo y empezaron a escupirle y a decirle todos los insultos que se le venían a la boca hasta que el Centellas, todo mohíno y llorando a moco tendido, cogió a todo correr el camino de la ermita y desde entonces no se ha vuelto a saber de él.
Padre le agradeció al capitán su intervención y nos fuimos a casa sin cruzar una palabra en todo el camino. Sólo recuerdo que cuando llegamos a casa le pregunte: ¿para que sirve la guerra, padre?
-Sólo para una cosa –me dijo pensativo.
-¿Para qué?, -insistí yo.
-Para ver el auténtico rostro de los demás- me dijo.
Sabes, hermano, el único consuelo que tengo ahora, ante su ataúd, es que sólo tengo que hacerme una pregunta, cualquier pregunta, para oír de nuevo su voz afilada y socarrona resonando en mi cabeza ¿No te ocurre a ti lo mismo?

viernes, septiembre 15, 2006

(10) Condenados a muerte

Especificaciones:
Escribir un relato de tema libre que contenga una moraleja o ilustre una teoría o idea.


El venerable Eriseo y sus alumnos paseaban por la gran avenida que atravesaba la ciudad cuando Venecio preguntó:
-¿Qué es un placebo, maestro?
-Un placebo es algo que parece bueno, pero que en realidad no lo es –explicó Eriseo en tono benévolo, aunque firme.
-Maestro, -intervino Eolo, su alumno favorito- los viejos libros definen el placebo como un remedio que sólo beneficia el ánimo del enfermo. ¿Por qué dices que no es bueno?
Eriseo se detuvo, como solía hacer en las ocasiones en que se disponía a sentar principios fundamentales y deseaba dotar a sus palabras de mayor solemnidad.
-Si os dijera que un único placebo fue capaz de provocar por sí mismo la muerte de ocho mil millones de seres humanos, ¿os parecería legítima mi apreciación?
Un coro de asentimientos llegó a los oídos satisfechos de Eriseo.
-Entonces, -prosiguió argumentando-, sólo debo convenceros de esto último para que podáis creer mi primera afirmación ¿estoy en lo cierto?
De nuevo un asentimiento general, refrendo su propuesta.
Está bien, os narraré una parábola, que os ayudará a comprenderlo.
Eriseo tomó asiento en uno de los bancos de piedra que jalonaban la avenida y enseguida se formó a su alrededor un círculo de jóvenes expectantes y ansiosos por oír sus palabras.
-La historia -comenzó Eriseo- ocurrió en los oscuros tiempos en que aún existía la pena de muerte, cuando el hombre todavía luchaba por salir de la barbarie y alcanzar la dignidad propia de su naturaleza racional.
Imaginad una lóbrega mazmorra y, en su interior, tres condenados a muerte, atenazados por la proximidad de la ejecución e incapaces de pensar más allá del lacerante horizonte que se cerraba sobre ellos.
Presos de la angustia y la desesperación se reúnen bajo la temblorosa luz que ilumina la mazmorra y urden, con ojos brillantes por lágrimas de esperanza, un plan de fuga para escapar antes de que fuese demasiado tarde.
A medida que concretan los detalles de la huida, su anterior angustia va trocándose en esperanza y su cerrado universo de desesperación va expandiéndose hasta dar cabida a ensoñaciones en las que se ven a sí mismos disfrutando de la dulce y ansiada libertad en la luz diáfana del mundo exterior.
Con la energía inagotable que otorga la ilusión reencontrada, comienzan a cavar un túnel en la piedra del muro y muy pronto el progreso conseguido reaviva sus esperanzas y fortalece su determinación.
-Si trabajábamos con ahínco y sin descanso –susurran ilusionados- pronto la libertad estará a nuestro alcance.
Habían transcurrido ya tres días de enfebrecido trabajo en la construcción del pasadizo cuando oyeron resonar unos pasos que se acercaban a través de la negra galería que conducía a la celda. Los condenados ocultaron con angustioso apresuramiento las pruebas de su plan de fuga y se acercaron con cautelosa curiosidad a la reja.
Un hombre rechoncho de movimientos taimados, como los de una serpiente, emergió de la oscuridad sosteniendo una antorcha en su mano derecha y un manuscrito en la izquierda. Sólo después de dirigirles una enigmática mirada a través de la reja y dedicar un tiempo insoportablemente largo a estudiar sus rostros angustiados y perplejos comenzó a hablar.
-Habéis de saber que soy el carcelero mayor y que os traigo portentosas noticias.
Hizo una pausa mientras saboreaba, divertido, el efecto que sus palabras producían en los condenados, tras lo cual prosiguió en tono misterioso:
-El rey, nuestro señor, me ha pedido que escoja a tres condenados a muerte para indultarlos, pero desea hacerlo en el último momento, para que sus invitados nunca olviden su ingenio y generosidad.
Yo había pensado en vosotros tres, amigos míos, para el indulto, pero confiaba en que, en justo pago, me concedierais una merced, una pequeña merced diría yo…
El rostro de los tres condenados pasó, al ritmo hipnótico de sus palabras, del pánico a la curiosidad y de esta a la esperanza expectante.
-Estaba pensando –prosiguió el carcelero mayor- que sería una justa forma de honrar la imponderable generosidad de nuestro rey que le cantaseis a coro unas alabanzas que traigo aquí escritas, -y agitó el papel mugriento y arrugado que aprisionaba en su mano izquierda- pero, es de todo punto imprescindible que estas estrofas suenen tan bien rimadas, que dejen en suspenso a todos los presentes, para mayor gloria de nuestro magnánimo rey. Inmediatamente después de que terminéis la loa, el verdugo hará intención de colgaros, pero en ese mismo instante, el rey nuestro excelso señor, tomará la palabra y os perdonará públicamente la vida, haciéndoos entrega de regios regalos para mayor asombro y admiración de los asistentes.
Decidme, ¿seréis capaces de cumplir mi encargo en los tres días que os quedan para la ejecución?
Los tres cautivos, todavía aturdidos por la insólita proposición, se apresuraron a jurar y perjurar que cantarían las alabanzas mejor que los propios ángeles tras lo cual, el carcelero, visiblemente satisfecho, les entregó el papel con las estrofas y desapareció en la oscuridad al ritmo de sus pasos pausados y renqueantes.
Ni que decir tiene que los tres condenados prorrumpieron en gritos de júbilo felicitándose mutuamente por su buena suerte y, sin apenas dilación, se entregaron con entusiasmo a repetir las estrofas, ensayando afanosamente diferentes melodías para dar con la que mejor sirviera al espíritu de la letra.
Sin embargo, al amanecer del día siguiente, uno de los condenados permaneció en el jergón, con aspecto abatido y meditabundo. Enseguida se le acercaron sus compañeros y le interrogaron sobre el origen de su incomprensible tristeza.
-¿Acaso no había motivos para estar contentos? ¿No acordamos ayer trabajar con ahínco en el encargo que nos había hecho el carcelero mayor?– le dijeron con subida indignación.
Pesimista, que así se llamaba el condenado disidente, se incorporó con exasperante lentitud y mirándoles fijamente a los ojos, conjeturó:
-¿Y si sólo es una broma cruel del carcelero para burlarse de nosotros? ¿Y si es un ardid para prevenir cualquier plan de fuga manteniéndonos distraídos con el engaño?
Por unos segundos sus compañeros enmudecieron, pasando de la incomprensión a la incredulidad y al desasosiego, pero enseguida Optimista reaccionó acusando a Pesimista de ser un aguafiestas y de no confiar en la bondad humana, pasando de inmediato a glosar con entusiasmo su fe en la promesa del carcelero.
-Puede que tú seas un desconfiado incurable –argumentó por último- pero nosotros dos confiamos en la palabra de nuestro rey y seguiremos adelante. ¿No es verdad? -preguntó a su compañero Neutral, que permanecía inmóvil y en silencio.
Las miradas de Optimista y Pesimista se clavaron angustiadas en Neutral esperando una reacción que confirmara una u otra posición, pero Neutral permaneció en silencio un tiempo que se les hizo interminable.
-El caso es –rompió a hablar al fin- que los dos podéis estar en lo cierto. El problema es que no sé qué hacer porque ambas presunciones me parecen igualmente probables.
Tras estas palabras, los tres condenados se enzarzaron en una encendida discusión que consumió más de medio día de su precioso y escaso tiempo, llegando por último a la decisión de que cada uno tomaría el camino que le pareciera mejor, renunciando así a la ventaja que significaba trabajar en equipo para el objetivo común de escapar.
Optimista siguió ensayando con las estrofas de alabanza, Pesimista reanudó la excavación del túnel y Neutral repartió su tiempo en ayudar a Pesimista y a Optimista al no poderse decidir por ninguna de las dos opciones.
Transcurrieron así los tres días que faltaban para la ejecución y, como consecuencia de las continuas disputas y de haber dividido por dos los recursos disponibles, el túnel no se terminó a tiempo y cuando apareció el carcelero, los tres tuvieron que acogerse a la única opción que les quedaba: la fe en la promesa de indulto.
Después de que fueron conducidos al cadalso, situado en el centro de una amplia concurrencia formada por el rey y sus cortesanos, el carcelero mayor se acercó y respetuosamente susurró unas palabras al oído del rey, que asintió satisfecho.
El carcelero hizo la señal acordada a los presos que, de inmediato, entonaron con voz, a ratos quebrada por el pánico y a ratos templada por la esperanza, una larga retahíla de encendidas alabanzas sobre la justicia y generosidad del rey que fueron escuchadas con respetuoso silencio, no exento de estupor, por los asistentes.
Tan pronto terminaron, el carcelero hizo otra señal y el verdugo terminó con gran maestría su trabajo en medio del jolgorio y aplauso general.
Cuando todo hubo acabado, un alto dignatario extranjero, que había presenciado atónito el espectáculo, interrogó al rey:
-Señor, nunca había visto nada igual. ¿Cómo conseguís que los condenados canten vuestras alabanzas en el último instante, cuando ya nada tienen que perder?
-Eso mismo le he preguntado yo mil veces a mi carcelero -contestó el rey- pero ni torturándolo he conseguido sacárselo. Sospecho que él cree que si confesara su secreto, dejaría de ser el mejor carcelero del reino y podría perder su bien remunerado trabajo.
En ese punto el viejo y sabio Eriseo dio por terminado el relato y aprovechó el silencio que sucedió para recorrer, divertido, el rostro suspenso y confuso de cada uno de sus discípulos.
-Creo que lo hemos entendido, maestro -habló Eolo, el discípulo preferido- El placebo es la promesa falsa de salvación del carcelero, y la ejecución de la condena el precio que tuvieron que pagar los condenados por abandonar la auténtica solución, en favor del placebo. Sin embargo, ¿como es posible que por ese error hayan sucumbido millones de seres humanos como afirmabas al principio?
Eriseo se levantó y comenzó a hablar, saboreando por anticipado el sublime placer que todo maestro siente al sembrar en la mente ávida de sus alumnos las semillas de nuevas verdades que en los próximos años tendrá la oportunidad de ver fructificar.
-De alguna forma, apreciados discípulos, nuestros antepasados humanos estuvieron encerrados durante mucho tiempo en una gigantesca prisión esperando a que se cumplieran sus respectivas sentencias de muerte y, necesariamente, cada uno de ellos perteneció a una de las tres categorías de los personajes de nuestra fábula: optimistas, pesimistas o neutrales.
Angustiados por la conciencia de que estaban condenados a morir, nuestros antepasados creyeron en un poderoso placebo llamado religión que les prometía la vida y la felicidad eterna en el último instante. Durante muchos milenios, los creyentes y neutrales dedicaron toda su energía a ensayar alabanzas al rey que los salvaría, en lugar de ayudar a los incrédulos a cavar el túnel del conocimiento que los hubiera conducido a la auténtica libertad. Sólo a finales del siglo xxi, creyentes y neutrales descubrieron consternados que el paraíso con el habían soñado desde el principio de los tiempos siempre había estado aquí en la tierra, al otro lado del muro de la superstición y la ignorancia.
Si la humanidad hubiera hecho caso a los incrédulos y no hubiese dilapidado durante milenios su valioso tiempo recitando alabanzas a reyes inexistentes, hace ya muchos siglos que habríamos alcanzado la victoria sobre la muerte y la enfermedad y los 7000 millones de ancianos que murieron en el siglo xxi estarían ahora con nosotros.
Eriseo, comprobó satisfecho que los rostros de sus alumnos se distendían en la sonrisa de plenitud que sucede a la comprensión.
Entonces, feliz, reinició el paseo a través de los exuberantes macizos de vegetación que poblaban aquella gran ciudad sin fronteras. Una ciudad cuyos habitantes ni siquiera sabían por qué se llamaba “paraíso”. Nadie, que hubiese nacido antes del siglo xxii, hubiese podido creer que el cuerpo vigoroso y joven de Eriseo, era el de un anciano de más de 300 años

martes, septiembre 05, 2006

(09) El viaje

Especificaciones:
Escribir dos ejemplos de la misma historia. En uno de ellos, el narrador omnisciente permanece neutral y en el otro vierte sus propias opiniones.

Narrador neutral
El vuelo transcurría según lo previsto cuando sin previo aviso comenzó a aullar una sirena del tipo que se dispara cuando alguien activa el sistema de autodestrucción en una estación espacial. Antes de que tuviera tiempo de gritar, sintió que el suelo del avión se desgajó como una cáscara de plátano, dejándolo colgando frente al abismo negro y frío que se abría ante él. El ulular de la sirena lo llenaba todo, impidiéndole pensar, cuando sintió que una mano lo asía del hombro y lo zarandeaba. Felipe, despierta que ya es la hora ¿No oyes el despertador?
A los tres cuartos de hora estaba ante el enorme insecto plateado que le llevaría en su vientre de metal a un ignoto lugar donde se suponía que iba a pasar unas vacaciones caribeñas. Odiaba las vacaciones, odiaba las playas, odiaba el Caribe y, sobre todo, odiaba subirse a un avión.
Mientras subía por la pasarela, sintió el impulso irrefrenable de darse la vuelta y escapar mientras aun podía, pero ella estaba detrás de él, cerrándole la huida.

El narrador expone sus opiniones
Felipe se preguntó por cienmilésima vez qué estaba haciendo allí, avanzando con dificultad hacia la panza bruñida de aquel 727 de Spanair para ir de vacaciones a un ignoto lugar al que no quería ir para hacer algo que detestaba hacer.
El gran, el único gran problema de Felipe era, y había sido siempre, su incapacidad para decir no cuando quería decir si y de decir si cuando quería decir no.
¿Que por qué lo hacia? Simplemente porque, como el resto de los seres vivientes, seguía la trayectoria del mínimo esfuerzo y él sabia que si se negaba, hubiese sido peor, mucho peor. Es así de simple. Si no cedes, has de atenerte a las consecuencias y cuando se sopesan fríamente las consecuencias, uno acaba metiéndose en la barriga de aquel insecto de papel de plata, y dejando que el destino haga su trabajo.

jueves, agosto 24, 2006

(08) Persecución

Especificaciones:
Escribir en primera persona un relato que consista en describir lo que va ocurriendo mientras perseguís a una persona por la calle.

La tengo a sólo dos metros de distancia, sacudiendo con desparpajo las caderas y dejando tras sí oleadas de un aroma que me llega hasta los huesos.
Si, ya lo sé, no soy un tío normal, soy un enfermo, un obseso, un salido, un desviado, ponerme el nombre que queráis. Está bien, lo admito, me obsesionan las mujeres ¿y qué?
Se ha parado ante un escaparate de lencería y aprovecho para desnudarla con la imaginación y elegir para ella una combinación: negra con un diminuto lazo rojo, justo ahí, donde os imagináis.
De nuevo la persecución silenciosa y de nuevo el espectáculo turbador de un cuerpo de mujer danzando ante mí, desplegando sin saberlo todas las artes de la seducción, mostrando con altanería que ha sido creada para el goce de los sentidos.
Un polvo de seis minutos, el sábado, después de la compra en el hipermercado y con los calcetines puestos. Un jadeo insípido rematado por la inevitable pregunta de ella ¿ya está? y a otra cosa. ¿Mereció la pena bajarse los pantalones? Bueno, hay que cumplir, eso es lo normal ¿no?
Lo mío no es normal, lo reconozco. Ya van cincuenta minutos de persecución y me han sabido a poco. Acaba de entrar en un portal. ¿Se terminó la aventura? La sensatez me dice que lo deje, que se acabó, pero estoy poseído, fuera de control. Me adentro tras ella en la penumbra del portal guiándome sólo por el taconeo que ya resuena en el segundo rellano de la escalera,.
La excitación me devuelve una especie de clarividencia preternatural: La penumbra, el olor a humedad de la casa, su perfume adherido al aire, mi sudor, el repiqueteo confiado de sus tacones contra los escalones de madera, el hierro repintado de la barandilla que trasmite sus sacudidas, todo se ha fundido en un atmósfera mágica y aterradora a un tiempo.
No puedo detenerme, siento cómo el deseo se expande por mis venas y me golpea las sienes, cómo toma posesión de mi voluntad. Ya hemos llegado al tercer piso y me detengo justo a tiempo de ver que abre una puerta y entra apresuradamente, sin cerrarla. Se oye el timbre de un teléfono en el interior y aprovecho para acercarme, jadeando sigilosamente, y pegarme al dintel de la puerta.
La mujer está hablando con alguien y la puerta sigue abierta. Un brazo invisible tira de mí hacia la oscuridad de la habitación sin que pueda resistirme. La veo al fondo, recortada contra un rectángulo de luz amarillenta y me doy cuenta, aterrado, de que estoy dentro. Allanamiento de morada, pienso.
- Espera un momento, que me he dejado abierta la puerta- la oigo decir y tengo el tiempo justo de ocultarme detrás de un sillón de respaldo alto.
Ella cierra la puerta, sin encender la luz y vuelve al teléfono.
Una mezcla intolerable de pánico y deseo me ha secado la garganta y aflojado las piernas hasta hacerme tambalear de debilidad. Pero entonces ella cuelga el teléfono, apaga la luz y entra en la habitación contigua. De dos zancadas cambio de lugar y me sitúo en un buen punto de observación. Lo que veo me convence de que el riesgo ha merecido la pena.
Delante del espejo, iluminada sólo por la luz del atardecer que entra por la ventana, se está quitando la ropa con la eficiencia provocadora y calculada de una mujer que se sabe hermosa.
Ya no tengo que imaginar. Su cuerpo desnudo está ante mí, desplegando sin pudor todo el encanto que pusieron en él los dioses para domeñar a los hombres.
Se ha tendido en la cama dejando que la débil luz que se filtra por las cortinas descubra los secretos más íntimos de su esplendor.
No sé cómo ha ocurrido, pero acabo de darme cuenta de que estoy desnudo y siento que nada ni nadie podrá detenerme. Empujado por una fuerza irresistible, entro en la habitación y sin darle tiempo a reaccionar la estrecho entre mis brazos y siento que mi piel se desvanece al contacto con su cuerpo palpitante y caigo en una semiinconsciencia atávica en la que sólo existe un latido punzante de placer que lo llena todo.
Cuando recobro la conciencia estoy empapado en sudor y la tarde se ha hecho noche cerrada. Su cuerpo yace inmóvil bajo el mío. La interrogo con la mirada y ella me susurra al oído: Sabes, cariño, estoy cogiéndole gusto a esta forma tuya de hacer el amor.
- Bueno, ya te advertí cuando nos casamos que no era un tipo del todo normal.
- Y yo te dije que no me importaba ¿recuerdas?

domingo, agosto 13, 2006

(07) Lucha desigual

Especificaciones:
El relato debe recrear la situación de que "el héroe se enfrenta con su enemigo en la
caverna abismal y lo vence. El enemigo debe ser un compañero de clase al que previamente le habremos hecho una entrevista para conocer su entorno de trabajo, que será la caverna abismal.
El relato ha de ser en primera persona.


Mi vida no había sido fácil y encontrar trabajo mucho menos. Quizás fue esa la razón por la que salté de alegría en la cama cuando me despertaron para darme la noticia de que había sido seleccionado para el puesto de auxiliar administrativo en la Caja provincial de ahorros.
-Sólo tienes que superar los tres meses de prueba para que te hagamos fijo, -me explicó el señor Lòpez, mientras nos dirigíamos a mi nuevo puesto de trabajo.
-Esta es Maria, tu nueva jefa, y este Tomás, tu nuevo compañero, dijo a manera de presentación.
Sólo voy a daros un consejo: A ti, Tomás, que abras bien los ojos, porque dentro de tres meses tendrás que demostrarme que dominas tu trabajo al cien por cien y a ti Maria, que no se lo pongas muy difícil a Tomás ¿entendido?
-No te preocupes, te lo cuidaré bien –dijo Maria con una sonrisa congelada y añadió para sí en un murmullo que sólo yo puede oír: “lo que tu digas, bonito”. Y tan pronto se hubo marchado el Sr. López, se enfrascó de nuevo en una enorme pantalla que hervía de cifras.
-Hola, me llamo Tomás –me presenté tratando de poner en la voz toda la dulzura de la que era capaz, y le extendí la mano.
-Siéntate, abre bien los ojos y déjame trabajar. Esto no es muy serio, sabes. Estoy haciendo transacciones por valor de mil millones de euros y me juego el cuello cada vez que toco una tecla.
-Perdón, acabo de incorporarme y no sabía… -trate de disculparme entupidamente. En vista de su actitud fría, decidí sentarme a su lado y observarla con atención en espera de una señal que no llegaba.
Maria trabajaba con dos pantallas al mismo tiempo, una al frente y otra a la espalda, tecleando con furia mientras murmuraba frases inconexas, como fragmentos de una oración esotérica que fluía al ritmo frenético de sus dedos largos y anillados por enormes sortijas blancas acribilladas de piedras negras.
Al cabo de una eternidad se detuvo, dejo caer los brazos y emitió un largísimo suspiró, como si hubiera estado sin respirar durante las dos horas precedentes.
Entonces giró la cabeza y clavó en mí sus ojos punzantes. Bueno, ya esta bien por hoy. A ver si te estrenas bonito.
Me levanté de la silla como impulsado por un resorte y me coloque de pie, a su lado, sintiendo la extraña sensación de que había cometido alguna falta imperdonable, aunque no podía saber cuál.
-Antes de nada quiero hacerte un par de puntualizaciones para que nos entendamos desde el principio, bonito. No me gustan las familiaridades y no me pagan para hacer de profesora. ¿Lo has entendido?
A lo largo de los dos meses siguientes comprendí hasta que punto eran ciertas aquellas dos puntualizaciones. Cualquier pregunta que le formulaba sobre su trabajo era cortada por un gesto con la mano que venia a significar: “No me interrumpas, el destino del universo está en la punta de mis dedos”.
Me veía obligado a esperar con paciencia a que hiciera un alto y soltará uno de sus largos suspiros para preguntarle, pero pronto comprendí que las respuestas eran deliberadamente incomprensibles y si le repreguntaba, utilizaba su frase favorita:
-Oye bonito, que a mí no me pagan para enseñarte. Bastante hago con interrumpir continuamente mi trabajo para contestar tus preguntas.
Y entonces levantaba su mano ensortijada y hacia como que tecleaba en el aire con extremo cuidado. Lo ves bonito. Un solo fallo y “Ras”, se llevaba el dedo índice a la garganta y hacia gesto de degollarse al tiempo que imitaba la cara de un tétrico ahorcado.
Vista la situación, llegué a la convicción de que tenía que buscarme otra fuente de información si no quería perder el empleo, pero no fue fácil. Nadie conocía el trabajo de Maria excepto un compañero que acababa de jubilarse. De hecho, me habían contratado para solucionar esa comprometida situación.
Un día, cuando ya me había resignado al desastre inevitable, observé que María sacaba un grueso libro de pastas gastadas en el que aún podía leerse “Manual de usuario de transacciones en la D-40”.
Consultó algo, cerró el libro y lo guardó apresuradamente en el cajón de su mesa.
En aquel momento comprendí que todas mis esperanzas, mi vida, mi futuro, mi familia, todo, dependía de conseguir aquel libro.
He de actuar con mucho cuidado -me dije a mi mismo- si la pongo sobre aviso, pidiéndole el manual, todo estará perdido.
Aquella noche la pasé en blanco, urdiendo en mi mente enfebrecida un plan para acceder al cajón que guardaba el tesoro, pero no conseguía imaginar cómo abrirlo teniendo en cuenta que siempre estaba cerrado con llave.
Al día siguiente, ocurrió algo inesperado y providencial. Mientras me dirigía al sótano para recoger algunos impresos nuevos que mi jefa me había pedido (anda bonito, gánate el sueldo y tráeme una caja de impresos del modelo d.45/3, me había dicho), vi como el encargado de mantenimiento abría el cajón de un compañero que se había olvidado la llave en casa. Y lo había hecho metiéndose bajo la mesa y empleando una simple llave inglesa. ¡Dios existe!, pensé esperanzado mientras bajaba la escalera saltando los escalones de dos en dos.
Al día siguiente me presenté en el trabajo con un juego de llaves, un destornillador y unos alicates disimulados bajo un suéter amplísimo de lana gruesa que sólo usaba para subir a la montaña.
A las 9,30 Maria y la mayoría de los compañeros del departamento salían a desayunar y sólo se quedaba el Sr. Lòpez, el jefe del departamento, pero afortunadamente para mis propósitos, no tenía ángulo para ver el teatro de operaciones.
Disponía de 15 minutos para hacer todo el trabajo y cualquier fallo me costaría la expulsión definitiva y la vergüenza de haber sido sorprendido forzando los cajones de una compañera. Traté de alejar de mi mente ese pensamiento torturador, sin conseguirlo.
Comprobé con disimulo que nadie me veía y me arrojé al suelo, saque las herramientas y examine el mecanismo de apertura del cajón. Una larga varilla procedente de la cerradura sujetaba al cajón por detrás mediante un perno que actuaba a manera de pestillo. Seleccione una llave del 5, la encaje en una protuberancia del eje y gire con todas mis fuerzas. La varilla se torció sobre si misma lo suficiente para permitir que el cajón se liberara.
Recogí todas las herramientas con cuidadosa lentitud, comprobé de nuevo que no había nadie en los alrededores y me incorpore, sintiendo que el corazón me golpeaba con fuerza y que el sudor me empapaba todo el cuerpo y goteaba bajo los brazos.
-Primera fase cumplida – masculle para darme ánimos.
Con la máxima discreción, me agache abrí el cajón y localice el manual. Me fije en el lugar que ocupaba para devolverlo exactamente a su sitio.
Me metí el manual debajo del suéter y comprobé con horror que tenía empapada la camiseta y que tal vez mancharía el manual. Me arriesgue a llevarlo en la mano procurando en todo momento que no se vieran las pastas. Toda precaución era poca para ocultar el cuerpo del delito.
Al entrar en la sala de fotocopias sentí una fuerte conmoción: Había dos personas delante de mí. Mire el reloj y habían pasado 7 minutos.
El calor me sofocaba y temía desplomarme en cualquier momento por la tensión que me golpeaba las sienes. La aguja del reloj de pared parecía volar, sólo quedaban cinco minutos para la hora fatídica cuando al fin llegó mi turno. Empecé a fotocopiar con el mayor cuidado, rogando a Dios para que no se acabara el papel o se produjera alguna de las frecuentes averías que afectaban a la máquina. Pero a pesar de que no tuve contratiempo alguno, el reloj ya había sobrepasado dos minutos la hora límite. Justo cuando me disponía a recoger el último papel, vi pasar a Maria en dirección a su mesa. Una nueva oleada de calor abrasador me subió desde el pecho. Me había quedado paralizado, incapaz de pensar.
Sabía que tan pronto Maria se sentara, se daría cuenta de que el cajón estaba entreabierto y descubriría mi maniobra. No quería pensar en lo que ocurriría después.
Pero en ese momento tuve una idea desesperada. Marque frenéticamente el número telefónico de Maria y puede ver con alivio que justo en el momento en que se iba a sentar, comenzó a sonar el teléfono de su mesa.
-¿Doña Maria Sánchez?- logre articular con una voz que el terror había vuelto irreconocible, incluso para mi mismo- su coche ha sufrido un golpe en el aparcamiento, podría…. Colgué dejando la frase a medio terminar para evitar preguntas.
Mi estratagema surtió efecto. La vi dirigirse a la planta sótano echando chispas por los ojos.
Tenía una nueva oportunidad, la última y sentí con alivio que recobraba parte del aplomo que había perdido y que necesitaba desesperadamente. Disponía de al menos cinco minutos.
Cuando llegue a la altura de la mesa de María, deje caer el bolígrafo al lado del cajón y me agache, cubriéndolo con mi propio cuerpo.
Saque el manual de debajo del suéter y lo introduje con cuidado en la misma posición en que lo había encontrado. Cerré el cajón con suavidad y oí el tranquilizador clic que indicaba que el perno había encajado nuevamente.
A los cinco minutos apareció Maria, malhumorada, mirando con odio a su alrededor en busca de una señal que le permitiera identificar al bromista, pero ni siquiera se le ocurrió que hubiera sido obra mía. Se sentó, y reanudó su trabajo con inusitada ferocidad. Al fin pude respirar y recuperar cierta tranquilidad.
Aquel día era viernes y tan pronto llegué a mi casa me entregué sin pausa a estudiar el valioso manual.
A medida que lo leía, empezaba a comprender muchas de las cosas que me habían desconcertado. Las enigmáticas maniobras de Maria empezaron a cobrar sentido y puede darme cuenta de muchas de las omisiones y trampas que había perpetrado para confundirme y asegurar mi fracaso.
A partir de aquel día, todo fue diferente. Empecé a comprender las crípticas operaciones que mi jefa tecleaba y a interpretar los enigmáticos números que danzaban en las pantallas.
Por fin llegó el temido y esperado día de la evaluación. El Sr. Lòpez se sentó a mi lado y me dijo: Veamos que has aprendido, Tomas.
Maria me cedió su asiento con una amabilidad teatral que me resultaba patética.
-Tómatelo con calma, Tomás -me dijo con aire maternal para representar el papel delante del jefe. Lo importante es que no te equivoques. Ya sabes la responsabilidad de este puesto y la dificultad que tiene aprenderlo.
El Sr. Lòpez me dictó una serie de ejercicios básicos que realice sin parpadear.
-Bien, muy bien, perfecto. Ahora veamos hasta donde has llegado Tomás -me dijo mientras Maria parecía paralizada por el estupor.
Cuando rematé todos los ejercicios sin cometer un solo fallo, el Sr. López se levantó satisfecho y me estrecho calurosamente la mano.
-Te felicito, es la primera vez que alguien supera la prueba con tanta brillantez. Cuéntame tu secreto, Tomas -me dijo con gesto de complicidad.
-Conté con la ayuda inestimable de Maria, Sr. López, le dije -saboreando la victoria absoluta sobre mi rival. Sin ella no lo habría conseguido.
-¿Sorprendida, Maria? -dijo mi jefe.
Mi jefa no sabia donde mirar ni que cara poner, pero enseguida se rehizo y tuvo el desahogo de aprovechar la situación diciendo: Bueno, ya sabes que para mí el compañerismo es lo primero. Aunque me he tenido que esforzar mucho, no me arrepiento.
-Bueno Maria, contigo también tenía que hablar. He estado observando con atención tu actuación y como has contestado a Tomás todas las preguntas que te hacía. He informado a la dirección y hemos decidido prescindir de tus servicios para siempre. Pásate por mi despacho para firmar el finiquito y después recoge tus cosas.
Y tú Tomas, siéntate en su puesto y empieza a ganarte el sueldo. Ya eres plantilla en esta empresa.
La escena me había dejado anonadado, aunque no tanto como a Maria que había perdido el habla y su rostro se había contraído en una especie de mueca indefinida entre el odio y el temor, entre la perplejidad y el arrepentimiento.
Comencé a trabajar sintiendo que mi vida había cambiado, soñando en el momento en que se lo diría a Marta, rememorando el piso que habíamos visto y que ahora podríamos comprar, en la nueva vida que me esperaba.
A las dos horas el Sr. López se acercó haciéndome seña con la mano de que no me levantase.
-¿Esto es tuyo? - me dijo entregándome la última hoja del manual que había quedado en la fotocopiadora por las prisas.
-Señor Lòpez, yo.. -intenté disculparme, sintiendo que el mundo se venia abajo.
-No hay nada que explicar, Tomas. Algunos fines, sólo algunos fines, justifican los medios, y este es uno de ellos. Te auguro un gran futuro en esta empresa siempre y cuando no vuelvas a utilizar tu talento en la forma en que lo has hecho. T
e hubieras ahorrado mucho trabajo si me hubieras pedido ayuda… y soltó sobre la mesa un impecable libro de pastas impolutas que decía: “Manual de usuario de transacciones de la D40”.


lunes, julio 10, 2006

(06) Resurección

Especificaciones:
Escribir un relato sobre un héroe, una persona que es sacada de su entorno habitual para emprender una aventura inusitada.


-Antes de nada quiero serle sincero, profesor Oconor.
-Se lo ruego.
-He oído a muchos colegas hablar de usted y de su proyecto Resurrección.
Martín hizo una pausa calculada para sorprender en los inexpresivos ojos del profesor Oconor alguna sombra de vanidad, pero fue inútil y tuvo que retomar la palabra, sin conseguirlo.
-El mundo científico está dividido en dos bandos, profesor: los que creen que es usted un genio incomprendido y los que piensan que sólo es un farsante.
-Y usted pertenece al grupo…
-Dispénseme de contestar a esa pregunta. Creo que ya sabe la respuesta.
- Cierto. Conozco la respuesta y por eso no acierto a comprender su presencia aquí. Como recordará, doctor Martin, ya hace dos años que rechazó categóricamente mi oferta para unirse al proyecto Resurrección y hoy, por sorpresa y sin haber sido invitado, se ha presentado en mi despacho.
-Así es, profesor Oconor, y creo que le debo una explicación.
-En modo alguno, -le cortó secamente Oconor-, sus razones son sólo suyas y mi tiempo es demasiado valioso. Le ruego que concluya.
Martín no pareció oír las últimas palabras de Oconor, ni el tono cortante con el que las había pronunciado. Había caído en un largo silencio, mientras trataba de buscar una explicación coherente a partir de los restos del naufragio en que se había convertido su vida.
Cuando, finalmente comenzó a hablar, lo hizo con voz neutra y con la mirada perdida, como si recitase una fórmula ritual que ni el mismo comprendiera.
-Teníamos un hijo que era el centro de nuestras vidas. Mi esposa Marta y yo nunca habíamos sido tan felices, pero algo espantoso ocurrió. Hace ya seis meses, Martin, nuestro hijo, empezó a quejarse de un dolor en la cadera. No le dimos importancia al principio, pero pronto se hizo evidente que se trataba de algo serio.
Le diagnosticaron una neoplasia que devoró su vida y la nuestra en solo tres meses. En la locura del dolor y de la desesperación, Marta me hizo prometer que haría cualquier cosa por devolver la vida a Martin. ¡Cualquier cosa! Esas fueron sus palabras exactas mientras me miraba con los ojos arrasados en lágrimas y me aferraba la cabeza entre sus manos temblorosas.
Ya se que no tiene sentido, profesor, pero ahora, al venir aquí, estoy cumpliendo aquella promesa. Martin enmudeció justo a tiempo de evitar que la emoción quebrase su voz.
-Créame si le digo que comprendo su dolor, doctor Martin.
También yo he sufrido la perdida de mi esposa. Fue precisamente esa experiencia el origen de todo. No pude, no quise aceptarlo. Me revelé, estuve durante un año bordeando la locura, revisando una y otra vez todas las posibilidades, todas las opciones y, finalmente, encontré una vía, un tortuoso camino que me permitiera traer a mi esposa de nuevo a mi lado. Y entonces surgió el proyecto Resurrección.
El doctor Martín hizo un gran esfuerzo para regresar a la realidad y darle algún sentido a aquella entrevista con un chiflado que hablaba en serio de resucitar a los muertos, pero por el que ahora profesaba una inesperada simpatía.
-Esta bien, -intervino Martin, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos- Dejemos nuestros sentimientos personales a un lado, profesor, y hablemos de lo que me ha traído aquí. ¿Cómo piensa traer a la vida a los muertos y cual sería mi papel en todo esto?
-Supongo, doctor Martin que está al corriente de los últimos avances en las técnicas de clonación humana.
-Así es, profesor. Ya exploré esa posibilidad. Conozco lo suficiente para saber que con esas técnicas sólo se podría crear una copia física del cuerpo de Martin, pero sólo sería un clon fisiológico, sin recuerdos compartidos y sin la personalidad de mi hijo fallecido. No soportaría la presencia de una persona que se pareciera a Martin pero que no fuera él. Sería una burla macabra. Y si es eso todo lo que tiene que ofrecerme, creo que he perdido mi tiempo y el suyo. Disculpe las molestias profesor.
Martin ya había comenzado a levantarse cuando sintió una mano que se apoyaba con suavidad en su hombro y lo devolvía al asiento.
-Aun no he terminado, doctor Martin. Oconor estaba de pie, frente a él, mirándole con curiosidad y afecto, casi como si fuera un hijo adolescente.
-¿No me ira a decir, profesor, que ha descubierto la forma de rescatar las almas del infierno? –Se defendió Martin tratando de liberarse del sortilegio que parecía emanar de la voz tranquila y segura de su interlocutor.
Oconor pareció no haber oído el último sarcasmo de Martin.
-Contésteme a esto, doctor: Si yo hiciera entrar aquí a una persona que se pareciese extraordinariamente a su hijo fallecido, ¿podría usted identificar, sin lugar a dudas, si se trata de una falsificación? ¿Si es un vulgar clon o es realmente su hijo?
-Naturalmente que podría hacerlo. Me bastaría con hablar durante un par de minutos con él para saberlo sin ningún género de dudas.
-Bien. Eso es lo que esperaba oír. Ahora, dígame doctor Martin, ¿como cree que podría saberlo con tanta seguridad?
Martin meditó durante unos segundos.
-Dígamelo usted profesor. Yo sólo soy un ingeniero. No conozco la respuesta a ese tipo de preguntas.
-Por supuesto. Contaba con ello, pero quería alertarlo para que dedicara toda su atención a lo que voy a decirle:
Usted, doctor Martin, puede identificar a su hijo Martin, más allá de la apariencia física, porque en su mente existe una copia perfecta de la personalidad de su hijo. Una copia que se ha ido fraguando a lo largo de los años de convivencia con él y que permanece viva, insertada en su propia conciencia y formando parte de ella. Por decirlo gráficamente, usted posee en su cerebro una impronta precisa y detallada de la personalidad de su hijo y ninguna falsificación podría ser lo suficientemente buena para encajar en esa impronta, en esa huella.
- Pero hay más, -prosiguió el profesor Oconor clavando sus ojos en los de Martin- Su esposa Marta, como madre, posee otra impronta diferente, pero igualmente auténtica y aun más detallada y rica de la personalidad de su hijo. Su esposa y usted, doctor Martin, tienen, sin saberlo, la llave que nos permitirá devolver a su hijo al mundo de los vivos. Nos bastará combinar ambas improntas para obtener la mente original y autentica de su hijo.
Martín, sintió súbitamente la garganta seca y un incontrolable temblor en las manos. La intensidad de la mirada del profesor Oconor mientras le decía las últimas palabras consiguió hacerle creer, por un momento, en lo que le estaba diciendo.
Un tanto avergonzado por su fugaz debilidad, contraataco, recordándose a sí mismo que tenía ante sí a un hábil embaucador.
-Esta bien, doctor. Admitamos, por un momento, que su teoría es correcta. Aun así, todavía no he oído ni una sola palabra de cómo piensa resucitar a mi hijo.
El profesor Oconor, dio unos pasos hacia su mesa pero, súbitamente, giro sobre sí mismo y se dirigió directamente hacia él. Se inclinó y apoyando sus manos en los hombros de Martin, le miró fijamente a los ojos y le dijo con un tono que no admitía dudas: Ahí es precisamente donde entra usted, querido amigo.
-¿Espera usted que yo le proporciona la clave del enigma? Creo que se ha equivocado de persona profesor. Mis conocimientos se limitan casi exclusivamente a la computación cuantica y no creo que haya nada más alejado de lo que está buscando.
-Es usted quien se equivoca ahora doctor. Conozco perfectamente su trabajo y lo sigo desde hace años con sumo interés. Sé que está a punto de conseguirlo.
-Conseguir ¿Qué?
-Conseguir un computador cuantico con capacidad suficiente para fusionar la información que existe en su mente y la de su esposa para crear la otra parte del molde, la llave que encaja en la cerradura. La mente de su hijo, en suma.
-Pero… esto es técnicamente imposible, -balbuceó Martin sintiendo que en su conciencia se abría un abismo del que surgía la luz cegadora de la esperanza perdida.
- Lo era, doctor Martin, lo era. Su presencia aquí, la promesa que hizo a su esposa ante su hijo moribundo, lo ha hecho posible. Estoy convencido de que su talento y su deseo de recuperar a su hijo harán el milagro que yo solamente podía vislumbrar. Ahora ya lo sabe. Todo está en sus manos. ¿Puedo contar con usted, doctor Martin?
Martin, anonadado y sintiendo en su propio cuerpo la sensación liberadora de la esperanza, sólo tuvo fuerzas para farfullar unas inaudibles palabras:
-¿Cuándo empezamos profesor?

viernes, junio 30, 2006

(05) Dos hombres y una mujer

Especifiaciones:
Imaginar tres personajes de diferente personalidad y enfrentarlos en un ambiente neutro, como un autobús, una oficina, etc.

Dos hombres y una mujer suben al autobús en dirección al centro de la ciudad. Son amigos, o tal vez sólo simulan o creen serlo pero, acaso ¿no es la vida una pura simulación basada en suposiciones, las más de las veces falsas?
-Ayer Felipe y yo estuvimos en la montaña –comenta Carmen con calculada indiferencia- fue fantástico, los dos alcanzamos la cumbre del Veleta a la vez…
-¿Fantástico? ¿Qué tiene de fantástico subir al Veleta? yo lo he hecho cientos de veces –replicó Julio mirándola con intensidad a los ojos.
-Hizo un día soleado –explicó Carmen, sin darse por enterada-, la nieve cubría la hierba y el camino serpenteaba hasta la cumbre bajo un cielo increíblemente azul. Además, Felipe tuvo un gesto que me conmovió. No sabia que fuese tan buen amigo.
-A ver si lo entiendo -se sorprendió o hizo como que se sorprendía Julio- ¿me estás diciendo que el camino sólo serpenteaba ayer? ¿Qué Felipe es un buen amigo y hasta que llegó a conmoverte?
-No sigas por ahí que te conozco -terció Felipe en tono que quería parecer humorístico -ya sabemos que eres un envidioso compulsivo y, además, estás celoso.
-Lo de envidioso compulsivo te lo voy a aceptar, pero lo de celoso me lo vas a tener que explicar. Celoso ¿de qué?
Carmen intervino, súbitamente alarmada por el cariz que estaba tomando la conversación que ella había comenzado.
Pues sí, estoy de acuerdo con Felipe en que estás celoso, y te voy a decir de qué:
-Adelante.
-Pues estás celoso de que él sea mejor amigo que tú y te lo voy a demostrar si me dejas terminar el relato.
-¿Relato, dices? ¿Qué relato? A sí, el que demuestra que Felipe es mejor amigo que yo. Continua, estoy ansioso por oírlo.
-Déjalo, no merece la pena -intervino Felipe que ya había abandonado todo atisbo de buenas maneras- a la gente como él sólo le interesa criticar a los demás.
-No puedo estar más de acuerdo contigo, pero aún así quiero contárselo para que vea a lo que me refiero, y pueda comparar entre la conducta de un buen amigo y la de otro que sólo dice que lo es.
-Vamos Felipe, déjala, no sé que es lo que temes si al parecer va a contar una gesta tuya, una demostración irrefutable de tu inalcanzable excelencia como amigo.
-No, si a mí me da igual, se lo digo para que no pierda el tiempo. Conociéndote, estoy seguro que encontrarás algún motivo de crítica.
-Vamos, continúa Carmen, no ves que no hacéis sino aumentar mi curiosidad con tanta palabrería. Prometo estar callado hasta el final.
-Vaya, al fin has dicho algo sensato -suspiró Carmen sacudiendo el pelo y clavando sus ojos en los de Julio hasta hacerle perder el sentido de la realidad.
-Pues resulta –comenzó Carmen- que a 50 metros de la cumbre, me entró la pájara y me quedé clavada sin poder dar un paso. Felipe siguió caminando tan fresco, pero cuando ya estaba a punto de coronar la cumbre en solitario, se detiene, se vuelve hacia mí y me hace una señal con la mano.
Yo, sorprendida y emocionada por este gesto de amistad que no esperaba, hago acopio de mis últimas fuerzas y, milagrosamente, consigo llegar a su altura. Y entonces, sin decir palabra, los dos a la vez, damos los tres últimos pasos que nos separan de la cumbre.
Y eso fue todo. Ya sé que tú no puedes entender ciertas cosas, Julio, y no te culpo por ello. Sencillamente de tí nunca habría salido algo así.
Julio permaneció mirando al suelo durante un largo rato, como si hubiese sido herido por un rayo invisible.
-Y bien ¿Qué tienes que decir ahora? -le espetó Felipe, seguro ya de su victoria moral.
-Si, eso, ¿Qué crítica vas a hacer ahora? secundó Carmen, sorprendida y asustada de haber llegado tan lejos.
-La verdad es que me lo has puesto muy fácil, Felipe. Sabía que eras rastrero y traidor, pero ahora sé que además careces de escrúpulos y no dudas en utilizar los trucos más viejos y abyectos para salirte con la tuya.
-Explícate, -exigió Carmen indignada y temerosa a un tiempo por las palabras de Julio.
-Si explícate, se sumó Felipe en tono lastimero.
-Pues es muy fácil de entender Carmen. Al actuar así te ha demostrado, en primer lugar que es todo un tío, un macho fuerte y saludable que podrá defenderte y darte hijos sanos que colmen tu instinto de procreación.
Luego, cumplido este primer objetivo, te ha tendido la mano para rescatarte de tu derrota, y lo ha hecho para demostrarte que es generoso y que puedes contar con él para que cargue contigo durante toda su vida, después de que hayas perdido el atractivo y sólo puedas ofrecerle una prole de hijos insufribles a los que tendrá que mantener. A eso se le llama explotar el instinto maternal.
Naturalmente, y ahí está su bajeza, sólo trataba de convencerte durante el tiempo suficiente para sumarte a sus trofeos de depredador ¿una semana?, ¿dos tal vez? ¿Cual es el plazo que te has fijado, Felipe?
-¿Sabias que eres un cerdo? tienes el raro talento de tergiversar todo lo que entra en tu cabeza podrida y vomitarlo a la cara de los demás. Pero no creas que voy a ponerme a tu nivel, no. Eres tú el farsante y voy a desenmascararte ahora mismo, delante de Carmen.
Contéstame a esto: Si yo actué mal, ¿qué hubieras hecho tú en mi lugar?
-¿Me preguntas qué hubiera hecho yo?
Lo que he hecho cada una de los cientos de ocasiones que he subido al Veleta con Carmen: simular que le disputo el honor de llegar el primero a la cumbre y dejarla ganar la mitad de las veces.
-¿Y por qué lo haces? ¿Cuál es tu estrategia listillo? ¿Cuál tu premio?
-¿Mi premio dices? ¿Aún no lo has entendido? Mi premio es ella, verla reír de felicidad, sentir como la victoria exalta su espíritu vigoroso, oírla gritar entre carcajadas que soy un flojo, que no puedo con una mujer, verla revolcarse por la nieve, mientras proclama al cielo su victoria, mientras me arroja todo lo que tiene a mano, ese es mi único premio.
-¿Es cierto eso Carmen? Felipe supo, demasiado tarde, que no tenía que haber hecho aquella pregunta al ver que de los ojos grandes, negros e insoportablemente hermosos de Carmen había escapado una ardiente lágrima que se deslizaba por su mejilla en dirección a la boca.