jueves, agosto 24, 2006

(08) Persecución

Especificaciones:
Escribir en primera persona un relato que consista en describir lo que va ocurriendo mientras perseguís a una persona por la calle.

La tengo a sólo dos metros de distancia, sacudiendo con desparpajo las caderas y dejando tras sí oleadas de un aroma que me llega hasta los huesos.
Si, ya lo sé, no soy un tío normal, soy un enfermo, un obseso, un salido, un desviado, ponerme el nombre que queráis. Está bien, lo admito, me obsesionan las mujeres ¿y qué?
Se ha parado ante un escaparate de lencería y aprovecho para desnudarla con la imaginación y elegir para ella una combinación: negra con un diminuto lazo rojo, justo ahí, donde os imagináis.
De nuevo la persecución silenciosa y de nuevo el espectáculo turbador de un cuerpo de mujer danzando ante mí, desplegando sin saberlo todas las artes de la seducción, mostrando con altanería que ha sido creada para el goce de los sentidos.
Un polvo de seis minutos, el sábado, después de la compra en el hipermercado y con los calcetines puestos. Un jadeo insípido rematado por la inevitable pregunta de ella ¿ya está? y a otra cosa. ¿Mereció la pena bajarse los pantalones? Bueno, hay que cumplir, eso es lo normal ¿no?
Lo mío no es normal, lo reconozco. Ya van cincuenta minutos de persecución y me han sabido a poco. Acaba de entrar en un portal. ¿Se terminó la aventura? La sensatez me dice que lo deje, que se acabó, pero estoy poseído, fuera de control. Me adentro tras ella en la penumbra del portal guiándome sólo por el taconeo que ya resuena en el segundo rellano de la escalera,.
La excitación me devuelve una especie de clarividencia preternatural: La penumbra, el olor a humedad de la casa, su perfume adherido al aire, mi sudor, el repiqueteo confiado de sus tacones contra los escalones de madera, el hierro repintado de la barandilla que trasmite sus sacudidas, todo se ha fundido en un atmósfera mágica y aterradora a un tiempo.
No puedo detenerme, siento cómo el deseo se expande por mis venas y me golpea las sienes, cómo toma posesión de mi voluntad. Ya hemos llegado al tercer piso y me detengo justo a tiempo de ver que abre una puerta y entra apresuradamente, sin cerrarla. Se oye el timbre de un teléfono en el interior y aprovecho para acercarme, jadeando sigilosamente, y pegarme al dintel de la puerta.
La mujer está hablando con alguien y la puerta sigue abierta. Un brazo invisible tira de mí hacia la oscuridad de la habitación sin que pueda resistirme. La veo al fondo, recortada contra un rectángulo de luz amarillenta y me doy cuenta, aterrado, de que estoy dentro. Allanamiento de morada, pienso.
- Espera un momento, que me he dejado abierta la puerta- la oigo decir y tengo el tiempo justo de ocultarme detrás de un sillón de respaldo alto.
Ella cierra la puerta, sin encender la luz y vuelve al teléfono.
Una mezcla intolerable de pánico y deseo me ha secado la garganta y aflojado las piernas hasta hacerme tambalear de debilidad. Pero entonces ella cuelga el teléfono, apaga la luz y entra en la habitación contigua. De dos zancadas cambio de lugar y me sitúo en un buen punto de observación. Lo que veo me convence de que el riesgo ha merecido la pena.
Delante del espejo, iluminada sólo por la luz del atardecer que entra por la ventana, se está quitando la ropa con la eficiencia provocadora y calculada de una mujer que se sabe hermosa.
Ya no tengo que imaginar. Su cuerpo desnudo está ante mí, desplegando sin pudor todo el encanto que pusieron en él los dioses para domeñar a los hombres.
Se ha tendido en la cama dejando que la débil luz que se filtra por las cortinas descubra los secretos más íntimos de su esplendor.
No sé cómo ha ocurrido, pero acabo de darme cuenta de que estoy desnudo y siento que nada ni nadie podrá detenerme. Empujado por una fuerza irresistible, entro en la habitación y sin darle tiempo a reaccionar la estrecho entre mis brazos y siento que mi piel se desvanece al contacto con su cuerpo palpitante y caigo en una semiinconsciencia atávica en la que sólo existe un latido punzante de placer que lo llena todo.
Cuando recobro la conciencia estoy empapado en sudor y la tarde se ha hecho noche cerrada. Su cuerpo yace inmóvil bajo el mío. La interrogo con la mirada y ella me susurra al oído: Sabes, cariño, estoy cogiéndole gusto a esta forma tuya de hacer el amor.
- Bueno, ya te advertí cuando nos casamos que no era un tipo del todo normal.
- Y yo te dije que no me importaba ¿recuerdas?

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